Tuve la interesante y extraña experiencia de vivir en Tijuana durante dos años. Una de las cosas que más me llamó la atención fue conocer a mucha gente que huía de otras partes, de su familia, de sí mismos o que terminaba huyendo de Tijuana.
El primer tipo al que conocí, a quien llamaré Pablo Mármol, me rentaba parte de su departemento. Se rumoraba que venía huyendo del Chapo Guzmán o de algún narco del sur por haber dejado embarazada a una de sus parientas. «Es hombre muerto», decía Pancho, quien también vivía en el departamento y se alimentaba exclusivamente de atún enlatado y café soluble.
Pancho, a su vez, venía huyendo de su ex-mujer, en Monterrey, después de que, según él, la vieja había tratado de lastimarlo en dos ocasiones con objetos filudos y metálicos.
Pancho era camarógrafo de deportes en una productora local de T.V. y andaba detrás de las carnes de una mujer cuarentona, reportera taurina, a quien le decíamos «La Torera».
Cuando conocí a La Torera le pregunté cuántos años tenía en Tijuana y me dijo: «Diez años, me vine aquí huyendo de las broncas que me trajo mi divorcio».
Pablo Mármol se fue un día sin avisar. Su huida tenía que ver seguramente con el hecho de que era un hombre muerto. Tratamos de renovar el contrato por nuestra cuenta y fuimos a visitar al casero.
El dueño de la casa se negó a renovarnos el contrato a Pancho y a mí ya que Pablo Mármol nunca le pagó el depósito y le debía varios meses de renta. Además, el casero estaba muy receloso de todo. Su hija acababa de romperle las ventanas de su casa a batazos, indignada ante un posible cambio en el testamento del anciano a raíz de que este se había unido en amasiato con una mujer después de enviudar. Sus hijos estaban nerviosísimos
Así que dejamos ese inmejorable espacio en la Cacho y buscamos un nuevo departamento. La Torera nos ayudó a conseguir muebles baratos con una amiga suya a quien su hermana le había robado prácticamente todas sus pertenencias y su dinero, por lo que tenía que regresarse «al Sur».
Pancho y yo encontramos un nuevo departamento, pero Pancho se largó dos meses después a su ciudad natal. Nunca supe si me engatusó con tal de vivir esos dos meses en un buen departamento o si su retorno tuvo que ver con que un día llegó todo madreado y sin su auto. «Me estrellé contra un trailer» fue su explicación y de ahí se dedicó a planear su regreso.
No hubo mucho problema, pues tanta gente huye hacia Tijuana que conseguí rápidamente otro compañero. Era un sonorense, campeón estatal de aerobics, que venía huyendo de su padre y que terminó dejándome embaucado meses después para enrolarse en un seminario.
Después supe que este seminario había sido construido con dinero del narco -se notaba en su excelente arquitectura y en el confort y lujo de las capillas y dormitorios.
Poco después del escándalo, el arzobispo Emilio Berlié huyó de Tijuana para encargarse de la muy cercana y similar diócesis de Mérida.
El padre Montaño, muy amigo de Berlié e impulsor de diversas obras diocesanas incluido el mencionado seminario huyó no mucho después a Estados Unidos cuando se supo que coordinaba las reuniones entre los hermanos Arellano y el embajador del Vaticano en México, el nuncio Prigione.
Sí, ya sé que esto ya no es parte de mi historia pero tenía que terminar este relato de alguna forma.
De mi huida de Tijuana hablaré después.

hey men
k tal
que me aconsejas?
me kiero ir a vivir a tijuana!
es bonito?
es caro?