Hace poco hice una pequeña reunión con amigos aquí en mi casa. El ambiente fue cordial, de muy buena plática, de buena música y de muchas carcajadas. Hasta que a las dos de la mañana me llamó mi vecino del piso de abajo.
-Vecino, son las dos de la mañana. Por favor bájale a la música.
Me dio un poco de pena y me saqué de onda, así que lo único que se me ocurrió fue hacerme el occiso.
-Oh, Jiménez, ¿eres tú, Jiménez? -le dije.
-¿Qué, quieres que suba? -me respondió, francamente encabronado. Me sorprendió su respuesta, siendo él un hombre mayor, taciturno, formal y de habla suave.
-No, no, cómo crees. Enseguida le bajamos, cuenta con ello.
-Gracias -me dijo con dureza y me colgó.
No hago muchas fiestas aquí en mi casa, pero hay gente delicada y hay que respetarlos en su senectud. Ni modo, vivimos en un departamento.
Apagué la música, cerré las ventanas y les pedí a mis invitados que hablaran más quedo.
Unos pocos días después soñé al buen Jiménez. Soñé que era un briago irredento, un alcohólico que le causaba graves problemas a la sociedad. Soñé que mentía, que robaba y que era un mantenido.
Era perseguido por el mismísimo Procurador de Justicia de la Nación, por no sé qué cabrones delitos y aparecía en noticieros de alcance nacional, cayéndose de borracho.
Neta que no entiendo mis sueños. Aprecio tanto al buen Jiménez por ser tan decente, tan educado y culto, tan simpática su señora, tan bien elegidos los cuadros de pintores reconocidos que adornan su casa.
Perdóname, vecino. No tengo control sobre mis sueños.

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