Soñé que un amigo, llamado Benjas, era un crustáceo hermafrodita. Era una especie de langostino, con antenas, bigotes y anteojos, y vivía en una pecera enorme. En el sueño, el Benjas estaba dando a luz unos hijos cartilaginosos que salían enrollados, como papel de baño. Le salían del hocico, y estaba entregado a su labor en forma metódica. Sin duda era mi amigo el Benjas, pues su actitud flemática, sus anacrónicos anteojos de gota con armazón de plástico y su copete de brocha son inconfundibles.
Alrededor de ese lugar estaban naciendo otros animales. Recuerdo a un gallo que daba enormes brincos de entusiasmo al ver a nacer a su hijo. Al verlo, yo pensaba: «se nota a leguas que esto es pura ficción». Ví también un becerro que hablaba desde que empezaba a asomar la cabeza mientras nacía.
Regresaba al lugar donde el Benjas estaba en su labor de parto para presentarle a un amigo llamado Ricardo Borrayo Solórzano. Lo más raro era que yo sabía que ellos se conocían de años.
De ahí nos íbamos a una conferencia de prensa en donde se iba a presentar el retrato hablado de un prófugo de la justicia, pero en vez de retrato mostraban una máscara de barro con la cara del prófugo.
Este es un sueño que tuve hace más de cinco años, pero resulta que no se me olvida, igual que la mayoría de los sueños zoológicos que suelo tener.

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